Lo triste es pasar por la vida sin vincularnos, no sufrir cuando se alejan aquellos con los que hemos compartido el camino, no llorar la ausencia o el dolor.

Cuesta demasiado la separación. Cuando no sabemos dónde está Jesús, cuando sufrimos y no entendemos cómo puede ser que Él exista y permita nuestro dolor. Cuando caminamos en la oscuridad y rezamos pero no sentimos que nadie nos escuche. La ausencia, el vacío.

Tenemos el anhelo en el corazón de que siempre está aunque no lo sintamos. Una persona rezaba: «Señor, ¡qué difícil es verte con mis ojos humanos! En mi rutina, en mis caídas, en el dolor, en los momentos de encrucijada. ¿Dónde estás? Es verdad que a veces te toco en otros, en personas que sufren, en momentos de hogar, de paz, de entrega, de partir el pan. A veces te reconozco y mi vida tiene sentido. Otras te busco. Sé que Tú también a mí, que me esperas cada día, que estás a mi puerta. Te tengo y no te tengo. Te veo y no te veo. Eres ausencia y presencia. Cercano y lejano».

Entre los discípulos, discutirían antes de la Ascensión, ¿Cuándo se irá? ¿No se puede quedar siempre con nosotros? Nos identificamos con ellos. Cuando hemos recuperado a alguien que pensábamos que habíamos perdido, la necesidad de esa persona es mucho mayor, porque lo que veíamos como evidente ya no lo es. Eso sentirían los apóstoles.

Ahora saben quién es Jesús. Saben quién es para ellos y lo que los ama. Han visto su compasión, su misericordia, su ternura, su paternidad, su perdón. ¿Cómo van a volverlo a perder? No se quieren separar de Él. No pueden. Jesús, con su corazón humano, los comprende. Sabe cómo se sienten, conoce sus miedos, cómo le necesitan. Jesús confía en ellos.

Duele la separación cuando hemos amado mucho, tocado mucho, escuchado mucho. Duele decir adiós a los seres queridos cuando nos dejan y sus palabras se transforman en fríos silencios.

El amor nos ata, nos arraiga, nos vincula, nos hace echar raíces. Es muy sano atarnos, buscar un hogar, descansar en alguien. Es sano sufrir cuando perdemos lo que amamos. Porque hemos amado.

Lo triste es pasar por la vida sin vincularnos, no sufrir cuando se alejan aquellos con los que hemos compartido el camino, no llorar la ausencia o el dolor de los que llevamos en el alma grabados. Es triste tener un corazón de corcho, o de hielo, amurallado.

Un corazón helado no se corresponde con lo que somos. Estamos hechos a imagen de Dios y Dios es amor. Hemos sido creados para amar y ser amados.
Dios mismo, como dice el Padre José Kentenich, busca un hogar: «Dios mismo es un ser ligado a un nido. No por debilidad, sino por plenitud de vida. Porque Dios es Trinidad, tres personas. De ahí se puede inferir cuán hondamente estará anclada en el hombre la pulsión social, dado que es imagen del Dios Trino»[1].
El hombre necesita echar raíces en lugares y personas. Necesita profundizar sus vínculos, amar y ser amado. Crea cadenas invisibles de amor que no quiere que se rompan. Cuando hemos sido amados de verdad, no queremos perder al que nos ama.
Porque, como leía hace poco: «Amar es descubrir al otro su belleza». Y no queremos perder a aquellos que nos recuerdan quiénes somos, que nos muestran dones que tenemos sin saberlo.
Cuando alguien nos ama bien, con madurez, es capaz de hacernos ver la belleza que nosotros mismos no vemos. Nos mira y descubre a Dios en nosotros.

Es lo que hizo Jesús con sus discípulos. Les hizo ver su poder, su belleza, la pureza de su corazón, la grandeza de su alma. Les hizo ver que eran hijos de Dios. Se arrodilló ante ellos. Lavó sus pies.

Les hizo creer que podían lograr todo lo que quisieran si confiaban. Que bastaba con creer, con desear, con luchar. Que el trabajo da siempre sus frutos, tarde o temprano, incluso aunque no los veamos. Que la entrega siembra semillas de esperanza y de vida en los corazones. Padre Carlos Padilla. Artículo tomado de Aleteia.

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