En el mundo hay dos clases de hombres: los que valen por lo que son y los que sólo valen por los cargos que ocupan o por los títulos que ostentan. Los primeros están llenos; tienen el alma rebosante; pueden ocupar o no puestos importantes, pero nada ganan realmente cuando entran en ellos y nada pierden al abandonarlos. Y el día que mueren dejan un hueco en el mundo. Los segundos están tan llenos como una percha, que nada vale si no se le cuelgan encima vestidos o abrigos.

Y, a pesar de ser así las cosas, lo verdaderamente asombroso es que la inmensa mayoría de las personas no luchan por «ser» alguien, sino por tener «algo»; no se apasionan por llenar sus almas, sino por ocupar un sillón; no se preguntan qué tienen por dentro, sino qué van a ponerse por fuera. Tal vez sea ésta la razón por la que en el mundo hay tantas marionetas y tan pocas, tan poquitas personas…

La gente tiene en esto un olfato magnífico y sabe distinguir a la perfección a los ilustres de los verdaderamente importantes. Ante los primeros dobla, tal vez, el espinazo; ante los segundos. el corazón. De ahí que no siempre coincidan la fama y la estimación. Pero lo grave del problema es que, aunque todos sabemos que la fama, el prestigio y el poder suelen ser simples globos hinchados, nos pasamos la mitad de la vida peleándonos por lo que sabemos que es aire.

Un hombre, pienso yo, debería tener una idea central; realizarse a sí mismo, construir su alma, tenerla viva y llena. Preocuparse, sí, por la comida, porque aun los genios tienen que alimentarse un par de veces al día («para que no se corrompa el subyecto», como decía San Ignacio), pero sabiendo muy bien que todas las mandangas de este mundo no le añadirán ni un solo codo a su estatura.

Oscar WiIde escribió algo terrible y certerísimo: «Un hombre que aspira a ser algo separado de sí mismo -miembro del Parlamento, comerciante rico, juez o abogado célebre o algo igualmente aburrido- siempre logra lo que se propone. Este es su castigo. Quien codicia una máscara termina por vivir oculto tras ella.»

Quienes tienen como meta de su vida títulos, cargos, honores, brillos, ya pueden descansar una vez que los consiguieron; mas el que tiene como meta la de realizar su alma, siempre hallará nuevos caminos abiertos por delante, nunca sabrá dónde acaba su camino, porque cada día se hará más apasionante, más alto, más hermoso, «¿Quién puede calcular-decía el mismo Wilde- la órbita de nuestra alma?» Nada hay más ancho y fecundo que el alma de un hombre, esa alma que puede sehombremascr atontada por la morfina de las vanidades, pero que, si es verdadera, jamás se saciará con la paja de los establos brillantes del mundo. Cuando David pastoreaba en el campo los rebaños de su padre, ¿sabía acaso que llevaba ya un alma de rey? ¡Dios mío, y cuántos muchachos llevarán por nuestras calles almas de rey y no lograrán enterarse nunca de ello! ¡Cuántos se pasarán la vida braceando por escalar puestos sin antes haberse escalado a sí mismos! ¡Cuántos perderán su alegría y la pureza de sus almas por conquistar una careta, para luego pagar el amargo precio de tenerse que pasar la vida viviendo con ella puesta!.

JLMD

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