Solía visitarme con frecuencia uno de esos muchachos con el alma triste. Tocaba el violín maravillosamente. Era un muchacho que me daba pena. Bueno a carta cabal, yo no sabía qué era lo que Dios tenía decidido para él. Al fin lo descubrí. Para un concierto que íbamos a organizar, necesitaba un violinista. Yo iba a cantar un par de canciones, japonesa una -Flor del Prado, de Yamada- y alemana -el Peregrino, de Schubert- la otra. Pero no tenía quien me acompañase. Entonces me acordé de mi amigo Nakayama. Le llamé. -Nakayama, quisiera pedirte un gran favor. -Usted dirá, padre. Si estuviera en mi mano, cuente con él. -En tu mano, no; en tus manos -le dije bromeando-. Se trata de que me acompañes al violín algo que pienso cantar dentro de unos días. Acordamos el día y la hora. Se presentó puntualmente. Le puse la música delante, y antes de cantar nada, le dejé que corriese dos o tres veces la partitura. Cuando vi que dominaba la materia de tal forma que aun sin papel hubiera podido acompañarme, empecé a cantar. Al terminar, estábamos los dos emocionados.

-Padre -me dijo-, ¿tiene inconveniente en traducirme la letra? Quisiera aprendérmela. -¿Inconveniente? Ninguno. Ahora mismo lo hago. Vamos a sentarnos allí. Nos acercamos a una mesa. Saqué papel y lápiz y comencé a traducir del alemán: DER WANDERER (El peregrino), de Schubert «Vengo de la montaña, el valle humea.

Y mientras el mar brama yo voy peregrinando, silencioso, felicidad buscando entre mis ansias. ¿En dónde, en dónde estás, OH tierra de la dicha deseada? ¡Qué frío está aquí el sol! ¡Y qué secas las flores marchitadas! Las palabras, ¡qué acentos tan vacíos! La vida, ¡qué gastada! ¿En dónde, en dónde estás, OH tierra de la dicha deseada? Te busco entre suspiros, terruño en que dejé mis esperanzas, en que mis rosas a tu luz florecen y mis amigos por el monte vagan. Donde mis muertos volverán a la vida, donde mi lengua todo el mundo habla. ¿En dónde, en dónde estás, tierra del alma? Y un como hálito fugaz de espíritu me responde, callado, estas palabras: «¡Donde nunca 7404086622_16b494ed53_zestás tú, está el gozo impalpable de tus ansias!» Cuando terminé de escribir la última de estas palabras, le pasé el papel, que ya había ido leyendo sentado frente a mí y con las letras al revés, y volvió a pasar su vista por toda la traducción. Cuando terminó, sonrió tristemente. -¿Por qué a todos nos pasa lo mismo? -me preguntó en voz muy baja. -¿Qué nos pasa a todos? -le pregunté para aclarar sus pensamientos. violinista peregrino

-Que vamos buscando la felicidad y nunca está ella donde nosotros estamos. Nakayama se compenetró con la letra y adivinó, en las armonías deshojadas de la música, al Señor que las hizo bellas. En la música encontró el arte, y en el arte encontró a Dios. Nos despedimos y quedamos citados para el día siguiente. Íbamos a tener el primer ensayo… de catecismo. Poco después se bautizó. Había encontrado al Dios de sus nostalgias.

 

Pedro Arrupe

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