Me parece que los hombres nos vamos haciendo verdaderos adultos en la medida en que nos hacemos comprensivos. A medida que maduramos la vida va descubriéndonos cuánto bien se esconde entre los pliegues del mal. Y cuánto mal se agazapa detrás de muchos recovecos del bien. Y uno va aprendiendo a perdonar cuanto más descubre dentro de sí la necesidad que tiene de perdón.

También la vida nos va enseñando a perdonar, que es el arte más difícil que existe. Empezamos perdonando melodramáticamente, saboreando el gozo de perdonar, sin caer en la cuenta de que -como decía San Agustín- «se puede ser muy cruel al perdonar» cuando se perdona «desde arriba», desde la «dignidad» del ofendido. Más tarde descubrimos que el verdadero perdón es el que no se nota, el que incluso nos sale del alma sin esfuerzo, naturalmente. Por eso me parece tan absurda esa frase del «perdono, pero no olvido», porque una cosa es que aprendamos de los errores para no volver a cometerlos y muy otra que nos pasemos la vida recordándolos, sacando jugo al caramelo de nuestro perdón. Tal vez yo aprendí a perdonar de aquella maestrita que, en mis años infantiles, tenía la hermosa manía de escribir nuestras malas notas con tiza y las buenas con tinta.Así las malas se borraban al día siguiente con la primera operación matemática que hacíamos en el encerado, mientras que las buenas quedaban allí siempre escritas como un bello recuerdo.

Pienso que si los hombres escribiéramos así, las malas cosas en el encerado del alma y las buenas en nuestros cuadernos indelebles, nos encontraríamos al cabo de los años sin rencores y con el corazón abarrotado de motivos de gozo. Por eso me gusta tanto esa encíclica de Juan Pablo II que me parece que pocos han leído: Dives in misericordia. En ella se subraya que la esencia de Dios es que es «rico en misericordia», que es un experto en el arte de perdonar. Porque ve toda la verdad, la infinita pequeñez de nuestras necesidades. Graham Greene dice en una de sus novelas que «si conociéramos el último porqué de las cosas, tendríamos compasión hasta de las estrellas». Por fortuna, Dios conoce todos esos últimos porqués, ese hecho terrible de que, de cada cien de nuestras necedades, noventa y nueve se cometen por error, por prisas, por cansancio, por frivolidad y tal vez sólo una por descender del mal.

Fuente. JLMD

PERDONART

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