Siempre que veo personas trabajando en proyectos humanitarios atendiendo a pobres, drogadictos o a portadores de problemas mentales, como en el Centro de Defensa de los Derechos Humanos de Petrópolis en el que participo, me vienen a la mente dos interpelaciones: ¿por qué tanto sufrimiento en el mundo visible e invisible? Y la segunda: las personas que conviven con ellos, ¿de dónde sacan energías para asistirlas como simones-cirineos, tratando de hacer más suave su sufrimiento?

 
En primer lugar hay que reconocer que tales personas hacen mucha falta, pues el sentimiento humanitario no es precisamente lo que más abunda en el mundo. La cultura dominante es materialista, exalta el individualismo y el placer, favoreciendo la indiferencia frente al dolor de los otros. Así, aumenta el desamparo humano, pues lo terrible no es tanto el sufrimiento en sí, sino la soledad en el sufrimiento, el hecho de que nadie se muestre buen samaritano y se incline sobre el caído en tantos caminos de la vida.
 
Las personas que, al contrario que la tendencia dominante, optan por la com-pasión y por servir a los otros necesitados, necesitan continuamente beber de alguna fuente secreta y alimentar una visión espiritual de la vida. En caso contrario, podrían sucumbir frente a la dureza de aquella opción, en sí tan generosa.
 
Antes de nada, importa tener una visión yo diría que filosófica, de la condición humana. Ésta está compuesta de alegría y de dolor, de realización y de frustración, de sueño y de realidad. Somos seres de sabiduría (sapiens), de racionalidad y de propósito, y al mismo tiempo seres de demencia (demens), de agresividad y de violencia.
 
El desafío de la vida es hacer que el polo positivo prevalezca sobre el negativo, aunque ambos coexistan siempre. Constatamos sin embargo que en muchos domina el polo negativo: gente que se extravió por ahí y que no resultó. Necesitamos creer que en ellos también se esconde el otro polo, el positivo, que deberá ser activado y alimentado.
 
Supuesta esta perspectiva de base, ha de vivirse una actitud de com-pasión. Tener compasión no significa tener dolor. Es la capacidd de salir de sí, de transferirse al lugar del otro y compartir su sufrimiento. Pertenece a la compasión acoger al otro como es, no querer interferir, sabiendo que cada cual tiene su camino. Es importante estar junto a él, a pesar del sentimiento de impotencia, pero siempre con respeto frente al destino de su vida, a veces trágica.
 
Finalmente, ha de verse en los «caídos en el camino» a hijos e hijas crucificados de Dios. Ellos gritan clamando por resurrección. Cada pequeño gesto de acogida y de comprensión puede significar para ellos una señal de resurrección. ¿Cómo negarles esta esperanza?
 
Para mantenerse en este tipo de humanismo es importante alimentarlo con la conversación sobre los problemas humanos. Así entendemos mejor la condición humana y cómo podemos suavizar sus contradicciones. Sobre todo la oración y la meditación son fuentes alimentadoras de una visión espiritual de la vida. Es beber de la fuente inagotable del Ser.
 
Cuántas veces no nos sentimos obligados a suplicar fuerzas para continuar, pues la situación de los pobres no pocas veces es infernal y sin solución… Otras veces tenemos ganas de gritar: «Oh Padre, no olvides que todos estos son también tus hijos e hijas. No los dejes así desgarrados. Cuida, por favor, de ellos, pues son tantos, y nosotros tan pocos…».

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