Yo tuve un ideal, ¿en dónde se halla? 
Albergué una virtud, ¿por qué se ha ido? 
Fui templario, ¿do está mi recia malla? 
¿En qué campo sangriento de batalla 
me dejaron así, triste y vencido?

¡Oh, Progreso, eres luz! ¿Por qué no llena 
su fulgor mi conciencia? Tengo miedo 
a la duda terrible que envenena, 
y me miras rodar sobre la arena 
¡y, cual hosca vestal, bajas el dedo!

¡Oh!, siglo decadente, que te jactas 
de poseer la verdad, tú que haces gala 
de que con Dios, y con la muerte pactas, 
devuélveme mi fe, yo soy un Chactas 
que acaricia el cadáver de su Atala…

Amaba y me decías: «analiza», 
y murió mi pasión; luchaba fiero 
con Jesús por coraza, triza a triza, 
el filo penetrante de tu acero.

¡Tengo sed de saber y no me enseñas; 
tengo sed de avanzar y no me ayudas; 
tengo sed de creer y me despeñas 
en el mar de teorías en que sueñas 
hallar las soluciones de tus dudas!

Y caigo, bien lo ves, y ya no puedo 
batallar sin amor, sin fe serena 
que ilumine mi ruta, y tengo miedo… 
¡Acógeme, por Dios! Levanta el dedo, 
vestal, ¡que no me maten en la arena!

 


Amado Nervo, 1898

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