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Hoy día toda la actividad humana está organizada técnicamente. El cristiano actual debe confortarse tan sólo con recoger al herido y vendar sus llagas. La actividad benéfica del samaritano moderno deberá realizarse a través de movimientos y organizaciones. De esta manera, el cristiano puede asumir tareas más amplias, que exigen cooperación y el uso de medios técnicos.

Es necesario despertar en los hombres y en los pueblos, principalmente con los medios de comunicación social, un sentido dinámico de responsabilidad y solidaridad, creando una nueva sensibilidad para defender los derechos de los pobres y marginados, para impulsarlos hacia una promoción social respetando su dignidad personal, enseñándoles a ayudarse a sí mismos.

Hoy día el buen samaritano debe luchar por la instauración de un orden justo, en que sean respetados los derechos humanos, satisfechas las aspiraciones legítimas y garantizada la libertad personal, buscando así un orden nuevo y el desarrollo integral del hombre: un orden en que las familias encuentren posibilidades de educar a sus hijos, se promueva resueltamente la igualdad real de la mujer y se produzca en fin, un gran movimiento de solidaridad, el gran “paso” del egoísmo al amor.

El samaritano moderno debe ayudar a los marginados a liberarse de su desconfianza, inhibición y pasividad, para hacerlos capaces de ser autores de su propio progreso (Cf La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la Luz del Concilio, Medellin, 1968).

En la carretera que va de Jerusalén a Jericó, es decir, en los infinitos caminos del mundo, el samaritano encontrará hoy día, arrumbados a la vera del camino, un sinfín de inmigrantes y emigrantes, cansados en su deambular tras un empleo decoroso.

Debido al desequilibrio socio-político nacional e internacional, encontrará un enjambre ingente de asilados, refugiados, desterrados, indocumentados.

Encontrará también, en situación de abandono y soledad, millares de ancianos, minusválidos, masas de campesinos e indígenas en su interminable éxodo del campo a las urbes. Se encontrará, en fin, con el triste espectáculo de la vagancia infantil, niños entregados a la mediocridad y a los vicios…

Por todo lo cual el samaritano moderno tiene un peligro: el de sentirse abrumado por la altura monumental de la miseria humana y el de dejarse dominar por el sentimiento de impotencia y desesperanza.

Según entiendo, hay una sola manera de sortear este desaliento: no dejar de mirar a Aquel que “pasó por todas partes haciendo el bien a todos” (Hech 10,30), a Aquel que “recorría ciudades y aldeas sanando toda dolencia y toda enfermedad” (Mt 9,35), a Aquel que, en suma, fue el hombre para los hombres (Lc 14, 2-4; 12, 11-13; Mt 11,28s; Lc 8, 18s; Mt 25, 34s; Mc 2,17; Mc 6, 34; 8,2; Mt 11,5; Jn 6, 1-16; Lc 22, 51).

 

Samaritano-2

F: Del sufrimiento a la paz.

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