“Vengan a mí todos los que se sienten cansados y agobiados porque yo los aliviaré” (Jesús, en Mt. 11,28)

Señor

La historia del hombre ha sido marcada desde siempre por los latidos del dolor: físico, moral, psíquico. Muchos han sido vencidos y derrotados por él, hasta perder toda la esperanza y la alegría de vivir; otros lo han soportado con melancolía, contagiando su “virus” de apatía y amargura a sus familiares y vecinos. Sin embargo, muchos también supieron dominar y hacer de él un instrumento de vida y de conquista. Aunque agobiado por el peso de la cruz y por el cúmulo podrido de todas las maldades humanas, Cristo preguntaba la esperanza de su liberación y la de todos sus hermanos en la resurrección.


El dolor, cuando se le odia como el peor de los enemigos, reduce al hombre siempre y solo a un derrotado, a un desilusionado, a un muerto. Pero cuando el sufrimiento, así como la “hermana muerte”, es vivificado por los ideales y por la esperanza, engendra almas nobles y generosas, crea héroes, mártires e incluso poetas.

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Señor en ti confío

Invocación: “Señor, Dios mío, a ti levanto mi alma. En ti confío” (Sal 25,1)

Señor, enséñanos a no amarnos,

a no contentarnos con amar a los nuestros,

a los que amamos.

Señor, enséñanos a pensar en los otros,

amar primero a los que nos amados.

 

Señor, haznos sufrir con el dolor de los otros.

 

Señor, danos la gracia de comprender

que en cada minuto de nuestra vida,

de nuestra vida dichosa y por ti protegida,

hay millones de seres humanos

que son hijos tuyos, que son mis hermanos,

y que mueren de hambre

y que mueren de frío

y que no merecieron morir de frío…

 

Señor , ten piedad de todos los pobre del mundo,

Ten piedad de los leprosos,

a los que tanto sonreíste

cuando caminabas por la tierra;

de los millones dde leprosos

que tienden hacia tu misericordia

sus manos sin dedos, sus brazos sin manos…

Y perdónanos que por vergüenza, por miedo,

los hayamos tenido abandonados tanto tiempo…

(Raúl Follerau)

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