Nada podemos hacer ante la muerte. Pero hay alguien que es superior a la muerte y que la ha vencido: Jesucristo.

Los que mataron a Jesús creyeron que ya habían triunfado. Todo terminó como ellos habían planeado. Hasta los amigos de Jesús creían que ya no había nada que hacer. Pero en la madrugada del sábado al domingo Jesús volvió a la vida. Salió de la oscuridad del sepulcro por su propio poder. Era una semilla con una carga de amor tan poderosa que reventó de debajo de la tierra y brotó con nueva vida.

Jesús vino a mostrarnos el amor del Padre Dios venciendo a la muerte. Venció a las tinieblas, a la mentira, al odio. Venció al miedo. Triunfó sobre el egoísmo de los poderosos. Su victoria es también nuestra victoria.

Veíamos al comienzo de estas asambleas que Dios se hizo nuestro compañero y nació como parte del pueblo. Acabamos de ver que murió en representación nuestra. Ahora participamos también de su triunfo. El destino del pueblo está unido al destino de Cristo.

La resurrección es el triunfo de las esperanzas de los pobres. No salió vencedor el odio de los poderosos, sino el amor del Pobre perseguido.

La resurrección de Cristo pobre señala el destino de todos los pobres de la tierra: vencer la muerte. Y vencer la muerte es triunfar sobre la injusticia.

Creer en la resurrección de Cristo lleva a creer que con El nuestras luchas llegarán a la Victoria final sobre la injusticia, la miseria y la división de clases sociales. Es creer en el triunfo del amor.

La resurrección de Jesucristo es la primera semilla de la gran resurrección de todos los hombres de la tierra, cuando ni la muerte, ni ninguna clase de egoísmos, puedan romper el triunfo de la más perfecta hermandad.

Cristo resucitado es, pues, nuestra gran esperanza. 

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