Jesús murió desangrado en una cruz. Así dio la prueba máxima de su amor a Dios Padre y a los hombres, sus hermanos.

El sabía muy bien que si seguía en su actitud de darse siempre al servicio de los demás, le perseguirían los egoístas hasta eliminarlo. Pero no dio marcha atrás. Siguió adelante consciente de que iba a la muerte.

Pero esta muerte, fruto de su entrega, fue el triunfo definitivo sobre el egoísmo. Murió como víctima del pecado de los hombres. Pero su amor triunfó sobre el pecado. Su sangre derramada destruyó todo lo sucio y bajo que hay en nosotros. Desde entonces es posible vivir según Dios.

Su muerte es muerte que sana. Muerte que libera y abre nuevas posibilidades. Muerte que inquieta el corazón. Mirar a Jesús en la cruz es un reto para llegar a comprometernos como El.

La muerte de Jesús recupera la amistad entre Dios y los Hombres. Nos hace hijos de Dios. Nos hace capaces de participar en la vida misma de Dios. Nos hace capaces de llegar a la actitud de servicio que El tuvo.

Jesús en la cruz es el signo de la generosidad. Su cuerpo, su sangre, su vida, todo lo que tiene lo da por los hermanos. Esto parece una tontera para los que buscan su propio interés. Pero para los pobres de espíritu es la Fuerza de Dios. Es nuestra esperanza. Es nuestra fuerza.

Jesús en la cruz abre la puerta del triunfo definitivo de la marcha de la historia hacia la hermandad. En El triunfaremos todos.

Estación-XII

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