Jesús había querido formar un nuevo mundo de hermanos. Había hecho el bien a todos. Se había puesto al servicio de todos. Y esta manera de vivir chocó de frente con el egoísmo humano. Los que viven del orgullo, la mentira y la explotación no podían aguantar tal sinceridad de vida. Les estorbaba el comportamiento y la predicación de Jesús. Por eso lo rechazaron.

Para hundir a Jesús, los poderosos de su tiempo pusieron en movimiento la primera arma que suelen usar contra los que estorban: la calumnia. Corrieron la voz de que era un mentiroso, agitador del pueblo. Decían que era un gran pecador, blasfemo, que hacía milagros con la ayuda del diablo. Lo tomaron por loco. Le llamaron samaritano, o sea, enemigo religioso y político del pueblo.

Algunos se comieron estos cuentos. Pero la campaña de desprestigio no dio resultado completo. Todavía mucha gente seguía a Jesús. Por eso decidieron eliminarlo. Lo vigilaron de cerca. Lo apresaron después en público. Le hicieron sufrir torturas físicas y morales. Presentaron testigos falsos con acusaciones mentirosas. Y todo terminó en un juicio fuera de la ley.

Como pasó con Jesús, los poderosos de hoy rechazan también a los que luchan por un mundo de hermanos. Los calumnian y los hacen sufrir hasta ver si los callan y los frenan.

Nuestras pequeñas comunidades cristianas también tienen enemigos que nos calumnian y nos hacen sufrir. Es necesario que, como Jesús, pasemos por muchos problemas par entrar en el Reino de la Hermandad. Pero mientras permanezcamos unidos en Cristo, siendo constantes en nuestras reuniones y nuestras acciones comunitarias, nada tenemos que temer. Igual que sufrimos con Cristo, triunfaremos también con El.

Estacion-I

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