Creo que esta no era una noche común y corriente, era una noche de esas que todo el mundo tiene en cuenta… pero de qué?… sabe lo que celebra?

Estaba yo sentado al pie de un gran y frondoso árbol sobre sus poderosas raíces, las cuales se extendían varios metros sobre el pasto húmedo por el sereno de la noche hasta que desaparecían de la vista, escondiéndose bajo tierra.

Su tallo estaba cubierto por una poderosa corteza marrón, gris y verde, cuarteada por el paso del tiempo que abrigaba los 4 metros de grosor de ese tallo que ascendía y se abría paso hacia el cielo, donde en un espacio de su ascenso se desviaba a los lados con sus ramas fuertes y seguras, adornadas por millares de hojas verdes que se movían al ritmo de la tímida pero fría brisa nocturna. Su ramificación era lo suficientemente larga para atesorar el deseo de la sombra en una tarde soleada.

Mis piernas las tenía sobre el pasto que humedecía la parte inferior de mis pantalones, desde allí podía observar la ciudad que en su vida nocturna se llena de puntos de colores para no quedar a oscuras. Parecía que la contemplara en mi silencio, mi mirada aunque concentrada en ella divagaba al igual que mis pensamientos que viajaban como estrellas fugaces en un espacio libre de obstáculos.

El lugar, ubicado en la parte superior de la montaña, muy cerca de la casa donde he nacido, ofrecía esa noche algunas condiciones para interiorizar y analizar las ideas en esa tranquilidad y paz, que quedan todavía, en esta jornada nocturna, cubierta de la luz de la luna, en un firmamento escaso de estrellas.

Inmerso en la fantasía de mis ideas, no me percaté de la presencia de alguien que se acercó, al parecer con tanto sigilo que no noté que estaba cerca de mí.

– Buenas noches – su voz fue como un recuerdo familiar de un calmado atardecer, iluminando el firmamento de mi existencia.

– Buenas noches – repitió suave pero firmemente, mientras extendía su mano para saludarme.

– Hola – le respondí, devolviéndole su saludo. Llevaba por vestido unas sandalias color café que permitían ver sus pies. De piel morena, rasgos bien marcados, nariz recta y ojos grandes color café, resguardados por sus pobladas cejas.

Mi corazón aun estaba tranquilo y no se horrorizaba aun de la aparición sorpresiva del extraño visitante.

– ¿Qué haces aquí? –me preguntó mientras caminaba y se sentaba a mi lado. –hoy es noche de navidad– continuó diciendo –y se supone que debes estar allá abajo con tu familia y amigos.

– Tú lo dijiste, “se supone” – le respondí mientras lo señalaba con mi mano,– pero hay cosas en las cuales debo pensar y meditar.

– Escogiste un buen sitio. ¿Y cuáles son esa clase de pensamientos para que en noche buena, te mueva a un sitio alejado de la ciudad, frío, de noche, tan lejos de tu familia y amigos?

– Hace mucho tiempo –le dije– la navidad era tan especial que la podía sentir desde Octubre. Era tan agradable, que todo sabía a Navidad; la brisa, el movimiento de los árboles, la gente, su manera de ser, de reír… ¡hasta la comida!. Sin embargo pasaron los años, yo crecí; los tiempos cambian y con ellos, esos hermosos sentimientos que habitaban en mi corazón dejaron de existir, – decía esto, moviendo mis manos en señal de angustia – ya no pasaba nada en Octubre, en Noviembre, ni siquiera en Diciembre; es más – dije alzando un poco la voz, y luego llevándola a un tono normal – no pasaba nada dentro de mí, ni el 16 de Diciembre, ni siquiera hoy que estamos por celebrar la Navidad. Qué pasa, me preguntaba por entonces, qué pasa conmigo, por qué he cambiado, por qué no siento nada, no entiendo por qué sucede esto conmigo.

Sin levantarme del puesto gesticulaba y movía mis brazos hasta que logré calmarme. Guardé silencio y volví a colocar mis manos entre las poderosas raíces del imponente árbol para apoyarme sobre ellas. Abajo la ciudad mostraba señales de movimiento, la pólvora volaba sobre la ciudad surcando su espacio hasta germinar en un arco iris de colores en la noche. Mi acompañante guardaba silencio, tenía las piernas recogidas y las abrazaba por las rodillas. Parecía observar la ciudad pero creo que esperaba a que continuara con mis comentarios, así que proseguí.

– No podía quedarme así, más aun con todas esas preguntas dando vueltas en mi cabeza, – comentaba sin mirarlo. – preguntas que me cuestionaban. Desde luego, que trasladé esas dudas a otros, sin embargo sus explicaciones no me llenaban.

“Ya no eres un niño, piensa; eres un hombre” fue lo que más escuché, pero hombre adulto o no, siempre he llevado conmigo los sentimientos, así que decidí profundizar más en mis pensamientos, meditar, analizar y leer.

Llegué a la conclusión después de muchas horas y días de análisis que la navidad no es una época del año, sino un estado del alma, del corazón – decía esto mientras tocaba mi pecho con mis puños y disimulaba una sonrisa – de esta manera no tenía que esperar hasta Diciembre para sentir esas sensaciones hermosas, ya que podía sentirlas en Enero, en Julio o en Septiembre.

Suspiré, guardé nuevamente silencio y miré a mi compañía. Aun observaba en dirección a la ciudad, su cabello se movía suavemente por la brisa.

– Un estado del alma– dijo sin mirarme.

– Sí, un estado del alma, del corazón, eso está por encima de cualquier época – le dije sonriendo y mirándolo atentamente en espera de su aprobación.

Apoyó su mano derecha sobre el pasto, se inclinó un poco hacia ese lado y se puso de pié. Llevó sus manos a la cintura, miró hacia el suelo inclinando su rostro y comentó:

– Te felicito, muy loable, admirable tu manera de pensar –sonreí, me sentía elogiado– pero ¿sabes una cosa? –replicó de manera suave y pausada– estás equivocado, ese no es el camino.

¿¡Qué!? Quise preguntar, fruncí el ceño, levanté mis manos y escondí mi cuello entre mis hombros.

– Ese no es el camino– dijo nuevamente sin darme oportunidad a que preguntara –sino qué haces aquí, si descubriste una nueva manera de pensar con respecto a la Navidad. Dime una cosa, qué se celebra hoy– hizo una pausa, señal de que esperaba una respuesta.

– El día de Navidad– respondí.

– Dímelo en otras palabras– sugirió como esperando más de mí.

– ¿El nacimiento… del “Señor”?

– Me lo preguntas o me lo dices – dijo inmediatamente ante mi respuesta vacilante.

-Te lo digo, el nacimiento del “Señor”– comenté con seguridad, ya había fallado en una oportunidad según ÉL, y no quería volver a fallar.

Giró sobre sí, hasta que quedó frente a mí, aun seguía yo sentado, su mirada era más intensa y su voz se tornó más gruesa.

Sabías que el nacimiento del “Señor” no fue una acción improvisada de “DIOS” – decía mientras movía cejas y manos – hubo mucha gente que durante mucho tiempo anunciaron la venida del “Señor”, preparando el camino, hombres y mujeres que lucharon por “DIOS” y su palabra, incluso hasta la muerte, hubo muchos conflictos y también hubo profetas que anunciaban la venida del reino, desde Moisés hasta Juan el Bautista. La venida del “Señor” aquella noche en Él nació también conflictiva y así estuvo marcada toda su vida y de los que vivieron con ÉL, tanto es, que incluso la luz del “camino, la verdad y la vida” creció en ese gran movimiento que tú conoces, sin embargo también para ellos ha sido difícil el confesar la verdad, algunos han glorificado a “DIOS” con el martirio.

Había cambiado, su paz se transformó en algo de angustia, mientras hablaba se movía inquieto, movía sus manos en el aire, a veces me señalaba. Guardó silencio, tomó aire profundamente y suspiró, note algo de tristeza cuando hablaba.

– Tranquilo – le dije, procurando calmar su pena – allá abajo hay hombres y mujeres que se han consagrado a “DIOS” y nos han dicho eso que acabaste de decir. Tranquilo, ese mensaje tuyo ya lo conocemos.

Levantó la cara lentamente y vi sus mejillas bañadas en lágrimas.

– Lo sabes tú y mucha gente como tú, pero no lo entienden – insistiendo así su tristeza.

– No entendemos qué – pregunté, a lo que respondió inmediatamente.

– En una época como esta, las familias se reúnen con los amigos, se compran regalos para intercambiar, y juguetes para los niños, los arbolitos cambian de colores y se adornan las casas, se pueblan las salas de pesebres y se prepara comida navideña. – Suspiró nuevamente y prosiguió. – Los grandes almacenes se llenan, se compran muchas cosas, licor, música, ropa para estrenar y llenan bolsas grandes.

Respiró profundo para tomar un nuevo aire y dijo lentamente.

– Créeme, la gente está tan ocupada hoy, que no se percatan del gran acontecimiento; la música, las carcajadas, los bailes y las cajas registradoras suenan tan fuerte que el espíritu no oye, no notan que hoy es el nacimiento del “SEÑOR” – el  nacimiento de ustedes-.

Bajó su rostro, la verdad es que esas últimas palabras me estremecieron, llegaron profundamente a mi alma. Nunca había escuchado hablar a alguien con tanta seguridad y autoridad sobre este tema. Sus palabras eran muy fuertes y su sensibilidad era muy alta.

– ¿Quién eres tú? – pregunté – por qué hablas de esa forma, acaso no sabes que eso que me dijiste sucede hace mucho, que la navidad más que una época espiritual, es una época que la gente considera de fiestas ¿?

Su rostro seguía inclinado, parecía haber enmudecido.

– Amigo mío –dije– esto sucede desde hace mucho.

– Es lo que me preocupa y me duele – dijo con voz seria

– ¿Dime de dónde vienes ahora?, quién eres?, qué haces? – suspiré ante su prolongado silencio. De repente levantó su rostro ya más iluminado, me miró con ternura y dijo con autoridad:

– Yo soy el que Soy, me encuentras Tú y todos siempre hablan… en las mañanas y en las noches y a veces me olvidan, yo soy ese hombre por el cual tú y muchos como tú rinden el tributo de “Todo Honor y Toda la Gloria por Siempre”.  Soy Tú mismo-.

Ahora si quedé extrañado y confundido, sus palabras y su fisionomía comenzaban a hacerse familiares para mí. El cielo comenzó a pintarse de colores por la pólvora de los juegos artificiales.

Yo soy – continuó diciendo esta vez con voz potente – Tú!

Cuántas veces había pensado yo en un encuentro “conmigo – mismo”, cuántas cosas había planeado decirme, sin embargo mis palabras se ahogaban en mi garganta y mi cuerpo no respondía para saltar y convencerme de mi conciencia.

Sólo se escuchaba el silbar de la brisa y el movimiento de las hojas del árbol, testigo único de este gran encuentro.

– Señor mío– me dije con voz entrecortada y temblorosa – ¿qué debo hacer?

– Amigo mío, Tú y toda la gente lo sabe muy bien qué debe hacer; que no es otra cosa que se detengan por un momento y observen su espiritualidad. Deseo –continuó diciendo dulcemente– que tú y toda la gente como tú abran su corazón y dejen moldearlo para transformarlo en un pesebre y puedan RE-nacer después de cada noche que siempre debe de ser BUENA; deseo, que tú con toda la gente cantes:  “GLORIA A DIOS y PAZ A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD”.

Suspiré, esta era una noche de suspiros, esas palabras en en la noche oscura de mi existencia eran música para mi alma que comenzaba a entender el gran misterio de la NOCHE BUENA y siempre nueva.

– Amigo, ¿TÚ renaces en mi corazón, en el corazón de todos los hombres y mujeres? – pregunté emocionado.

– Sí amigo mío, – decía esto mientras ÉL me tomaba de la mano y me ponía de pie – vendré a vivir en tu corazón y al de todos mis amigos si se vuelven a mí y dejan de distraerse en cosas a las cuales le dan mucha más importancia que a mí. Amigo mío, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo si se pierde él mismo?

– Amigo– comenté con mi corazón agitado – ¿quién me va a creer esto?

– Amigo, recuerda que lo más importante es volver a nacer de nuevo, es transformar el corazón. Recuerda, esta es mi palabra  creadora, el cielo y tierra pasarán pero mi palabra “nunca” dejará de cumplirse.

Dicho esto, levantó su mano derecha, sonrió con ternura y fui consciente que se iba alejando.

Quedé paralizado, cuando volví en mí, miré alrededor, arriba, atrás, a los lados y no estaba; así que grité fuertemente y en varios oportunidades.

– Amigo, dónde estás, ¡no te vayas!

Solo silencio por respuesta. Mientras volvía a casa descendiendo por el sendero claro por la luz de la luna, pensaba, por qué a mí, hay tanta gente, santos y santas que merecen más que yo un encuentro como éstos. La verdad, no sé, lo único que puedo decir es que si transformamos nuestro corazón y lo transformamos en un pesebre, renaceremos y viviremos  para siempre.

Dios con su palabra creadora lo dijo muy claro en boca de Jesús: “Es mi palabra, cielo y tierra pasarán, pero mi palabra nunca dejará de cumplirse”

5 comentarios sobre “Re- interpretación de la Navidad

  1. tio esta muy pero muy bello,gracias me has hecho comprender el verdadero sentido de la navidad!!gracias y sigue asi escribiendo nuca dejes de hacerlo que son grandes enseñanzas que nos das por medio de estos escritos.te quiero mucho y muchas felicidades.

  2. Aquella cara me recordaba a alguien, aquella mirada me transportaba en el tiempo y trato de indagar en mi desgastada memoria quien era aquella mujer que llevaba el dolor en sus ojos.
    El recuerdo me hizo volar en el tiempo hacia mis años de pastor. Recordé cuando era un joven zagal forjado en el frío nocturno de las montañas. Quizás aquel rostro podía ser de alguna de las mujeres compasivas, en contadas ocasiones, prestaban los establos de sus casas para resguardar a los más niños de entre los pastores ateridos por el frío. Pero por más que me esforzaba no lograba enfocar con claridad mis recuerdos que permanecían borrosos.
    Por algún motivo aquellos ojos traspasados por la pena convocaban a mi propio pasado. La imagen del viejo cofre me vino al pensamiento. ¿Qué tenía que ver aquella mujer con aquel misterioso objeto que me había acompañado durante tantos años?
    El cofre había sido mi tesoro más preciado. Al principio no sabía exactamente su contenido. Me explicaron que aquella resina de color pardo rojiza, traslúcida y brillante era muy apreciada como perfume y también como medicina. El cofre que me regalaron contenía una buena cantidad. Tal era su valor y su peso que al principio me decidí a enterrarlo para informarme de la mejor forma de venderlo.
    Lo cierto es que en distintos momentos me sacó de apuros. Como cuando llevaba varias semanas sin trabajo tras una epidemia que había diezmado las ovejas a mi cargo. Acudí al escondite y vendí una parte de mi tesoro a un fabricante de perfumes que consideró que tenía una buena calidad. Aquellas monedas me salvaron del hambre. También había oído hablar de sus propiedades curativas a algunas personas con conocimientos de hierbas y ungüentos medicinales. Lo que le permitió vender también algunas cantidades de aquel cofre con esta finalidad para salir de otros aprietos. Más tarde, ya casado y asentado en Jerusalén como criado de un rico fariseo, aquella pócima había ayudado a mis hijos a superar varias enfermedades respiratorias y para mí su acción era casi milagrosa.

    En estos pensamientos estaba cuando como una luz, como un relámpago, iluminó mi mente. Aquella mujer de la mirada desolada era la madre que aquel niño que conocí una noche extraña. Habíamos escuchado cantos cuyo origen desconocíamos y el grupo de pastores nos acercamos con curiosidad a un establo cercano al pueblo. Acababa de nacer un niño y la madre débil y feliz intentaba arroparle envuelta en un perfume de alegría, algunos otros pastores había venido atraídos por los cantos de fiesta. Junto a ellos tres sabios había dejado aquellos cofres sobre la paja que desprendían aquel aroma. El hombre que estaba con ella y el niño los había abierto y, a pesar de la opinión de todos que preferían dejárselo al pequeño, había comenzado a repartir su contenido nada más se marcharon los donantes. Como yo era el más joven, apenas un niño, me entregó uno de los cofres que apenas llegaba a sostener mis escasas fuerzas. Aquel regalo me dejó sobrecogido y siempre tengo la certeza que aquella noche cambió mi vida. No lo sabría explicar bien, incluso algunas veces los recuerdos se confundían en mis sueños y si no fuera por aquel cofre, en ocasiones estaría inclinado a pensar que fue una alucinación en medio de la oscuridad noche.
    Nicodemo, mi señor, buscaba ungüentos para embalsamar el cadáver de un amigo. Resulta que el difunto era el hijo de aquella mujer dolorosa. El niño de la noche extraña de hace más de treinta años ahora estaba muerto. Salí como una exhalación a buscar mi cofre con el resto de la resina y la coloqué junto a mi señor que ya había recogido más de treinta kilos. Movido por la compasión y el asombro me acerqué a la mujer y abriendo a la vez el cofre y mis labios le conté como lo recibí en aquella noche extraña. Ella sorprendida, parecía también convocar sus recuerdos. Yo le hablé del niño, de los sabios y del reparto de los cofres que organizaron y fugazmente, como en un anticipo, sonrió. Luego abrió el cofre y mezclando con un poco de vinagre ungió el rostro de su hijo para salir dejando hacer a los que estaban encargados.
    Acompañé en el duelo a la mujer casi como un pariente, como si hubiera sido testigo de la vida del difunto, aunque la verdad es que solo lo vi con vida aquella noche extraña. Ya en Jerusalén conté a los amigos de aquel hombre difunto como le conocí de forma fugaz y extraordinaria recién nacido, y cómo por obra de un extraño destino aquel cofre había servido también para embalsamarle. Ellos me hablaron de Jesús, el Galileo y de cómo aquello era un signo sorprendente, otro más apenas explicable entre todo lo ocurrido.
    Cuando volví a casa con el cofre al fin vacío, no dejaba de asombrarme de aquella extraña historia. A los pocos días volví a visitar a la mujer y los amigos del Galileo, me dijeron que el difunto había pasado por allí y que estaba vivo. Extrañeza sobre extrañeza, me pareció sentir en aquella casa el aroma a aquella resina que tan bien conocía.
    De nuevo en mi casa abrí nuevamente el cofre vacío y extrañamente como casi todo en esta historia, un intenso aroma invadió la estancia. Qué será que este aroma aún lo huelo y me acompaña, a veces tenue y otras penetrante y profundo. Y siempre me trae a la memoria que hace muchos años vi a un niño envuelto en pañales al que miraba su madre, cuyos ojos mostraban una inmensa alegría y escuché como el cielo cantaba y olía a mirra toda aquella extraña noche.

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