Tengo miedo, Señor, pero no de la noche, 
tampoco de la sombra, menos de la tiniebla; 
es miedo de la aurora —refulgente derroche— 
como miedo del mundo, cuando el mundo se puebla.
Tengo miedo, Señor, no por valerme solo 
ni por triste aislamiento o apartado retiro, 
tengo miedo a la gente, a la imponente ola, 
el vaivén de los seres en asfixiante giro.
Tengo miedo, Señor, de enfrentarme a la vida 
con tantas exigencias, compromisos, deberes; 
de no cumplir Contigo, no ser agradecido, 
dejándome llevar de errados procederes. 
Y temiendo en el día naturales contiendas, 
te ruego: oye mi voz para que me defiendas.
Temo al viento, a los nublados
antes de arribar al muro, 
y temo al giro inseguro 
de mi cobarde volar, 
cual temen las gaviotas 
en las saladas espumas
que pueda sus blancas plumas 
el torrente salpicar.
Si estuviera yo en la gloria 
en cuyo trono esplendente 
dices que tan claramente
me contempla tu ilusión, 
no llorara, y de mi lira 
fueran los cantos risueños; 
pero tú me ves en sueños 
y los sueños sueños son.
No soy ángel, no soy santo, 
y aunque a la virtud bendigo 
no estoy en la gloria, amigo, 
sobre el divino tisú; 
mas, viviera agradecido
en el mundo que me encierra 
¡ah! si todos en la tierra 
fueran buenos como tú.

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