Escoto, en la elaboración de su teología natural, parte de dos principios bíblicos: «Yo soy el que soy» (Ex. 3, 14) y «Dios es amor» (1Jn 4, 16), para llegar a aquel que es «Verdad infinita y bondad infinita».3 La existencia y la esencia de Dios son clarificadas por la teología, pero al mismo tiempo la metafísica las considera como su objeto más eminente.

Dos saberes se corresponden: el orden humano de lo divino (teología metafísica) y el orden divino de lo humano (teología revelada), como se expresa al inicio del Primo Principio: «Tú, que conoces la capacidad del entendimiento humano respecto de ti, se lo diste a conocer respondiendo: yo soy el que soy.»

Entre todos los nombres divinos, el más propio es el de El que es, pues ello expresa «un cierto océano de sustancia infinita»,5 «el océano de toda perfección» y «el amor por esencia». En el ser infinito se encuentran tres primacías: el primer eficiente, el primer fin de todo y el más eminente en perfección, que Escoto trata de evidenciar con sus profundas e incomparables pruebas de la existencia de Dios.

Escoto presenta la infinitud como la característica más propia y configuradora de Dios. La infinitud es un modo de ser de Dios que le diferencia radicalmente de todos los demás seres. El Doctor Sutil acentúa sobremanera la infinitud de Dios. Es el concepto más simple de cualquier atributo divino y el más perfecto porque el ser infinito incluye virtualmente el amor infinito, la verdad infinita y todas las demás perfecciones que son compatibles con la infinitud. Aunque toda perfección de Dios es infinita, sin embargo, «tiene su perfección formal en la infinitud de la esencia como en su raíz y en su fundamento».

La exaltación del infinito se conecta necesariamente con la exaltación del hombre sobre todas las criaturas finitas, que constituye una de las expresiones más características del humanismo cristiano. La reflexión escotista pone de relieve la espiritualidad del infinito e implica la crítica del panteísmo y del materialismo, en cualquiera de sus expresiones manifiestas o confusas.

Escoto propone la necesidad intelectual de profundizar en el concepto de experiencia. Pero no en una experiencia cualquiera (sensible, científica, intelectual), sino en la experiencia de lo necesario, porque sólo este tipo de experiencia nos lleva a la experiencia de la posibilidad del ser absoluto.

El Dios de Escoto, manifestado en el ejercicio intelectual de la idea de la posibilidad de los seres, personaliza en cada hombre la idea de Dios. Dios es para cada hombre lo que el mismo hombre le permite que sea y según las propias exigencias de búsqueda y de encuentro. Escoto conoce y reconoce el ocultamiento y el silencio de Dios en el hombre, pero no porque Dios se retire, sino porque el hombre mismo se retrae a las exigencias del absoluto y a los imperativos de ahondamiento en el propio entendimiento. La comprensión de Dios depende de la voluntad que urja o no al entendimiento para que profundice en sí y en la misma realidad de la vida.

Dios no está más allá, sino más acá como fundamento de todo lo real en cuanto posible. Dios se hace incomprensible cuando se abdica del entendimiento.

El ateísmo no es efecto de una agudeza del entendimiento ni resultado de la profunda penetración intelectual en el mundo, sino todo lo contrario: es una irreflexión y una desatención intelectual a la realidad. Escoto invita al pensar radical, presentando a Dios no como realidad-objeto de conocimiento, sino como realidad-fundamento de la existencia. Dios es la solución del problematicismo de la existencia humana y mundana.

El ocultamiento o el silencio de Dios, responsable o irresponsable, consciente o inconsciente, es una consecuencia de que ya no osamos pensar a Dios y que existe esta falta de planteamiento intelectual de ver a Dios como problema. Al final de la historia de la metafísica parece que Dios ha llegado a ser impensable. Pablo VI, en su Carta apostólica Alma parens (14-7-1966), dice que «del tesoro intelectual de J. Duns Escoto se pueden tomar armas para combatir y alejar la nube negra del ateísmo que ofusca nuestra edad».

Deja un comentario